El día en que descubrí que no era feliz, aunque aparentemente lo tenía todo.
Hay algo que durante mucho tiempo me costó muchísimo admitir:
yo ya no era feliz.
Y no lo digo desde el lugar en el que estoy hoy, con todo lo que ahora sé sobre mí.
Lo digo desde aquella mujer que no entendía qué demonios le estaba pasando.
Porque, si alguien me hubiera preguntado entonces si tenía razones para sentirme así, indudablemente habría respondido que NO.
De hecho, tenía muchas razones para estar agradecida.
Había logrado mi sueño de irme a estudiar mi maestría a Francia y, después, un segundo sueño que surgió ahí: tener mi propia “embajada” de México en Montpellier.
Y así nació mi restaurante.
Después, un tercer sueño se cumplió: conocí a mi príncipe azul, al que había buscado durante tanto tiempo, y vendí el restaurante para irme a vivir con él aventuras en varios países exóticos, hasta que llegamos al Congo.
Y cuando llegué ahí después de haber pasado un par de años viajando, yo quería volver a trabajar para empezar de nuevo, lo necesitaba desde que dejé mi negocio.
Y lo conseguí.
Allí tenía lo que se llamaría un «buen trabajo».
Era Gerente de Departamento en una comercializadora muy grande.
Me pagaban muy bien.
Me llevaba de maravilla con mis jefes y mis compañeros.
La empresa tenía muy buena reputación en Punta Negra.
Y, para rematar, vivía en una casa de lujo, con alberca y jardines, que estaba a siete minutos de mi trabajo.
Siete.
¿No era eso un regalo?
Eso era lo que debía ser.
Y lo que todo mundo pensaba.
O, mejor dicho, eso era lo que creía que yo debía pensar y sentir.
Porque mientras todo aquello, sobre el papel, parecía una vida bastante buena…
yo pasaba los días viendo pasar el tiempo desde la ventana del jardín, como quien ve el mismo cuadro pegado en la pared todos los días.
Esperando que pasaran las horas para ver si algo cambiaba.
Y cada vez me costaba más encontrar dentro de mí el menor interés por estar allí.
Ya no quería crear.
Ya no quería proponer ideas.
Ya no quería salir a comerme el mundo.
No quería hacer nada de aquello que durante tantos años había hecho con tanta facilidad:
soñar en grande y luego crearlo.
Y eso me desconcertaba muchísimo.
Porque yo sabía quién era cuando estaba creando.
Yo sabía de lo que era capaz…
Y de pronto, esa mujer no estaba.
Me sentía apagada.
Como con una extraña forma de tristeza.
Anestesiada.
Como si algo me estuviera drenando la energía desde los pies.
Y lo peor era que no entendía por qué.
¿Cómo podía sentirme así?
¿Por qué?
¿Qué me faltaba?
Tenía trabajo.
Tenía dinero.
Tenía a mi lado a mi hombre ideal.
Tenía una vida que era privilegiada.
Y, sin embargo, yo sentía una especie de asfixia que no sabía nombrar.
Hoy sé que llevaba tiempo sintiéndome profundamente infeliz.
Pero en aquel momento no podía verlo con esa claridad.
Y mucho menos podía permitirme decirlo.
Porque inmediatamente aparecía otra voz:
¿Y de qué te quejas?
¿No tienes una buena vida?
¿Alguien te obligó?
¿No tienes un buen hombre que te ama?
¿No tienes estabilidad?
¿No deberías estar agradecida?
¿No será que eres tú el problema?
Y entonces hacía algo que, sin saberlo, se convertiría en una de las formas más crueles de silenciarme:
me invalidaba.
Me sentía errónea.
Me juzgaba por ser ingrata.
Hasta llegué a pensar que era una tonta por no saber ser feliz con la vida que tenía.
Porque lo tenía TODO.
¿Qué más podía pedir?
Y así seguí.
Eligiendo lo correcto.
Lo seguro.
Lo conveniente.
Lo que tenía sentido.
Lo que parecía lógico.
Lo que era inteligente.
Lo que, en teoría, debía hacerme feliz.
Y cada vez que alguna de esas decisiones entraba en conflicto con algo que yo sentía profundamente…
yo elegía la decisión.
Y silenciaba la voz porque, por supuesto…
la voz no tenía razón.
¿Cómo iba a tener razón?
Hasta que un día…
esa voz ya no gritaba.
Solo estaba apática.
Y por fin, estaba apagada.
Pero, en secreto:
Yo no sabía todavía qué iba a hacer.
No sabía qué quería.
No sabía hacia dónde tenía que ir.
Ni siquiera sabía cómo nombrar aquello que me estaba pasando.
Solo quería encontrar la manera de ser feliz con esa vida que era perfecta y que definitivamente no quería perder…
¿Alguna vez has sentido que todo en tu vida parecía estar bien, menos tú?
Si es así, quizá esta historia también tenga algo para ti.
Esta es la primera carta de mi Diario del Regreso.
Durante las próximas semanas voy a compartir contigo el camino que me llevó de regreso a mí.
