El día que entendí que el problema no estaba afuera… y la solución que esperaba encontrar

El día que entendí que el problema no estaba afuera...y la solución que esperaba encontrar.

Esperar a que todo se acomodara para que yo pudiera empezar a sentirme mejor fue más duro de lo que imaginaba.

Y con esa misma perspectiva, un día decidí que mi trabajo también era parte del problema porque me sentía aburrida y estancada, sin ningún reto delante, así que: renuncié.

Si, renuncié al buen salario, renuncié a la seguridad y renuncié a la estabilidad.

Pero, en ese momento, desde mi perspectiva, yo estaba renunciando a una fuente de infelicidad y frustración.

Además, quería estar lista para poder irme en cualquier momento, en cuanto le avisaran a mi esposo que su cambio al nuevo destino estaba listo, y así no tener ningún retraso ni contratiempo, pues ambos estábamos convencidos de que ese cambio era muy necesario.

Hasta que un día llegó la noticia, solo que el destino no era para nada ese lugar exótico, hermoso y prometedor del este africano que nos habían dicho. No.

No fue ahí, en cambio nos mandaron a Argelia.

Y aunque no era el lugar que tanto nos había dado esperanza e ilusión durante años.

Me conformé, porque yo estaba convencida de que simplemente necesitaba salir del Congo y cambiar de lugar.

Y lo logramos, nos mudamos, nos instalamos, y…

A los pocos días de estar ahí en la nueva ciudad y en la nueva casa;

la incomodidad, la frustración e insatisfacción volvieron, pero con más fuerza esta vez.

Y no sólo eso, también me sentía extra-oficialmente triste y apagada, como si me hubieran desconectado de la corriente.

Por primera vez conocí lo que era estar deprimida.

No se lo deseo a nadie.

Me levantaba y funcionaba en automático y… nada más.

Y a veces sin razón aparente sólo me rodaban las lágrimas por las mejillas,

como cuando salía a pasear a Lala, o cuando ya había hecho todo lo que una “buena ama de casa” hace, y de pronto tiene unos minutos libres para una taza de té.

Ahí, en esos momentos que me hacían estar presente conmigo misma, la verdad de cómo me sentía, simplemente afloraba.

Para este momento, mi esposo ya lo había visto con toda claridad: yo era infeliz.

No lo podía ocultar más, ya era muy fuerte.

Así que decidió proponerme que nos fuéramos a México a esperar nuevas instrucciones de nuevo.

Yo estuve de acuerdo.

Al menos esta vez, estaría en mi país, cerca de mis taquitos al pastor, esperando que todo eso me nutriera el espíritu para volver a ser yo.

No me parecía una mala idea.

Entonces, 3 meses después nos embarcamos de nuevo,

y llegamos a México a finales del 2019.

Teníamos previsto quedarnos máximo 2-3 meses en lo que por fin nos mandaban al país tan prometido y por el que tanto creíamos que valía la pena esperar.

Pero ese nombramiento para mi esposo no llegaba.

Y yo, por más que me esforzaba y luchaba conmigo, para sentirme mejor porque ahora estaba en mi país (ya no me podía quejar de que el lugar no me gustara)…

Pero, seguía sintiéndome perdida, frustrada, incompleta, triste, sin entender nada, y ahora con la sensación de miedo, más presente que antes, a perderlo todo realmente.

Pues, nosotros como pareja estábamos también ya muy desgastados.

Y distanciados por esta crisis que yo vivía en secreto desde años atrás, en mi lucha por convencerme de ser feliz con él y con todo eso que habíamos construido como nuestra vida.

Y es que todo ese tiempo, ambos sabíamos que algo no estaba bien, pero ninguno de los dos teníamos ni el coraje, ni la claridad de lo que estaba sucediendo para hablar de ello.

Pero la vida —sabia como es —nos lleva a estos “lugares” tanto dentro como fuera de nosotros, en los que ya no podemos seguir evadiendo lo que durante años hemos evitado mirar.

Así que un día, iba caminando preocupada, por no encontrar la salida, y simplemente iba haciendo una especie de oración al cielo.

Y recuerdo que pedía:

«Por favor no sé qué es lo que me pasa, no sé cómo resolverlo, pero no puedo seguir así, no me importa lo que necesite hacer, haré lo que sea, pero por favor no puedo seguir así».

Y cuando yo hacía esta oración y petición al cielo, recuerdo que pensaba en él también, pensaba en que deseaba ser feliz con él y con lo que yo había elegido con él.

Y es sorprendente cómo, cuando estamos realmente abiertos a recibir,

porque finalmente nos rendimos y dejamos de luchar con todas nuestras fuerzas,

las señales comienzan a aparecer.

Tal vez no me lo vas a creer…

Pero a unos metros después de haber terminado aquella oración en la que me rendí y pedí ayuda.

Me encontré con una chica a la que había conocido unas semanas antes porque nuestras perrhijas jugaban juntas, y ese día las dos íbamos solas, cada una por su lado, sin perros.

Y nos pusimos a platicar, y a los 3 minutos de la plática me comenta que ella también había salido a buscar inspiración para preparar el material para su próxima clase, y le pregunté, de qué era su clase, y me dijo: Clase de Barras de Access.

Y yo, igual que tú (si no lo conoces)…

puse cara de: What ??

Lo interesante de esto, fue que, aunque no tenía ni la más remota idea de qué era eso,

sólo supe reconocer que algo dentro de mí, me habló, me dio como una señal, que aún no sabía qué significaba, pero sí sabía que sentía una curiosidad inmensa y algo me llamaba fuerte a saber más de eso.

Entonces, le platiqué a mi esposo, y él como buen francés, era muy escéptico, pero a la vez le divertía ese lado mío que a pesar de ser ultra racional, también tenía una tendencia natural a sentirme atraída a lo místico, a las piedras, la energía, etc.,

así que aún no sabía qué soluciones me iba a dar esta clase pero sí me daba ya una forma de alivio saber que había decidido tomarla.

Mientras tanto, a él lo mandé a terapia con psicólogo, porque no aceptaría tomar la clase conmigo.

El también necesitaba hacer algo, estábamos peleando mucho y con un tono cada vez más agresivo, y eso en definitiva no podía continuar así.

Para este momento, yo ya había entendido perfecto, fuerte y claro que:

El problema no había sido “el lugar”, sí pudo influir, pero no era EL problema.

No era la raíz del problema. No en este caso.

Y fue muy duro reconocerlo, cuando al llegar a Argelia, no solo no sentí un poco de alivio, sino que empeoró y agudizó todo lo que venía arrastrando. 

Y no conforme con ese resultado, volví a intentar probar la misma teoría, pero en otro lugar:

“Que el exterior determinaría cómo sentirme al interior”

Pero el resultado no fue diferente.

Y las cosas sólo comenzaron a cambiar un poco cuando, finalmente, me rendí.

No porque hubiera encontrado una respuesta.

Sino porque por primera vez reconocí, sin intentar disfrazarlo, analizarlo ni resolverlo, que estaba hundida en un hoyo del que no sabía cómo salir.

Y me abrí a pedir ayuda a algo más grande que yo.

Más grande que mi gran mente culta, que esa mujer que durante tanto tiempo había creído que podía con todo y que tenía las respuestas para todo.

Y no me malentiendas, no estoy pretendiendo escribir aquí un pasaje bíblico. No.

Estoy hablando de cómo es, cuando verdaderamente estamos listas a hacer esa gran demanda para que algo cambie, pero desde un lugar de profunda vulnerabilidad.

Este fue el momento que realmente marcó el inicio de un cambio radical en mi vida.

Pero, el cambio que llegó no era para nada el que yo hasta ese momento me imaginaba y esperaba.

Porque curiosamente, a pesar de haber estado en ese lugar de gran vulnerabilidad del que te hablo, yo aún estaba esperando componerme a mí, arreglarme a mí y a él, para que pudiéramos continuar con la vida que decíamos que queríamos.

Pues hay algo más que me había torturado en silencio todo este tiempo, la idea de que:

«Sin duda era yo la que tenía un problema grave en el fondo de mí, porque estamos de acuerdo en que no tenía sentido que yo NO pudiera conformarme con lo que tenía y ser feliz».

Así que, cuando hice esa petición al Universo, al cielo, a Dios o a quien estuviera escuchando, la hice deseando que me dieran la solución para corregir lo que no funcionaba en mí, para poder estar con él y ser feliz.

Eso, es lo que yo esperaba encontrar en esa clase de Barras de Access que tanta curiosidad me dio.

Una solución para arreglarme, esa era mi esperanza.

 

¿Y si aquello que llevas tiempo intentando cambiar afuera no fuera realmente el problema?

 

Quizá esta historia también te haga mirar de otra manera aquello que llevas tiempo intentando cambiar.

Esta es la tercera carta de mi Diario del Regreso.

Durante las próximas semanas voy a continuar compartiendo contigo el camino que me llevó de regreso a mí.

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